martes 17 de febrero de 2009

Te araña la araña


Ya lo he contado antes: en el imaginario popular, al parecer, la figura de la araña viene a ser algo así como el sinónimo de fobia. Basta con introducir en el buscador de imágenes del Google la palabra fobia para que aparezcan de inmediato arañas junto a rostros asustados. Y es que esos animalitos de ocho patas son temidos por prácticamente todos: ¿qué niño, hombre o mujer no ha temido alguna vez la súbita aparición de una araña negra y peluda en su almohada o saliendo de improviso de su zapato?

La historia (o historias) que voy a relatar a continuación sucedieron hace ya algún tiempo. Pero las he recordado a partir de una pequeña mordedura (ojo, las arañas muerden, como las hormigas, no pican) de araña aparecida hace un par de días en el mismísimo lagrimal de mi ojo derecho. ¿Cómo sé que fue una araña? Creo que ya soy docto en esas lides, y pues la marca es reconocible a leguas: dos puntitos al medio, un pequeño bultito que luego se vuelve costra al poco tiempo (y no, no era una legaña, avisado lector).

Pues el descubrimiento de esta pequeña mordedura que no me causó ningún tipo de fastidio (más allá de la costra) y, lo más importante, ningún tipo de temor sobre sus consecuencias, me ha hecho recordar cómo cambian los tiempos, pues lo que viene a continuación a algunos les generará risa, otros lo comprenderán y los más dirán qué maricón es este compadre, carajo.

Pues bien, hace como un año fui mordido por una pequeña araña casera. Bueno, al menos eso es lo que creo hasta hoy, ya que nunca vi al bicho en cuestión y es, además, lo que creyó el doctor que me revisó cuando fui a verle. “Felizmente parece ser que fue una bebé, una baby spider”, me dijo el médico cuando vio el minúsculo punto rojo que tenía en mi codo. Parece que no se equivocó pues aún tengo una pequeña marca, como una mancha, en mi codo. Aquella vez no pude evitar que viniera a mi memoria mi primer “enfrentamiento” con las dichosas mordeduras de araña. Un episodio que por un lado me da vergüenza, por otro gracia y por otro seria preocupación. Es el que sigue, lector, por favor, no se burle.

La araña mortal y la paranoia
Un par de años antes de aquella mordedura de la baby spider en mi codo y ya hace tres desde mi incidente en el lagrimal, escribí para una revista local un artículo sobre las arañas de rincón, o caseras, también llamadas “arañas violín”, por el dibujillo de una especie de violín que muestran en su “espalda”. Para dicho artículo entrevisté a un especialista en el tema, un medico del Instituto de Enfermedades Tropicales de cuyo nombre, ahora, prefiero no acordarme. Dicho doctor me había enseñado durante la entrevista terroríficas fotos sobre las consecuencias que puede traer la mordedura de la araña de rincón, así como especímenes muertos de estas arañits de patas rechonchas. “Hacen películas de viudas negras y tarantulas, cuando la araña más peligrosa es la araña casera, la loxosceles laeta: el loxoscelismo mata”, me dijo.



¿Mata?, pregunté yo.
“Sí, mata: en tres días nada más, si el veneno se llega a alojar en el riñón por la corriente sanguínea”, respondió.

¿Y si no llega el veneno al riñón?, repregunté.

“Ah, si no llega y no te tratas a tiempo te pasa esto”, respondió el doctor, mostrándome horribles fotografías de mordeduras a hombres, mujeres y niños: grandes montes negros en brazos, oscuras marcas deformes que tornaban un rostro normal en un verdadero hombre elefante, chamuscado por el efecto del veneno.

Contrariado, pregunté cómo saber que es precisamente una araña violín la que atacó si no se ve a la araña sino solo la mordedura y sus fastidios, sabiendo que más del 50% de los casos el paciente NO ve a la araña. Las heridas son de color VIOLÁCEO –me dijo el especialista- Hay que tomar mucha agua y tratarse apenas se pueda con suero antiloxoscélico. Dejar pasar esta situación porque no parece grave es el peor error y lo que te conduce a la TUMBA, puntualizó mi entrevistado.



Debo confesar que desde la escritura de ese artículo, no pude dormir tranquilo. Poco tiempo después, unas dos semanas, cuando vivía con mi buen roommate a quien llamaremos Marcos Logan, amanecí con una pequeña marca roja en el dorso de mi mano: la palabra VIOLÁCEO me vino a la mente enseguida. Me ardía, me escocía, me dolía, me psicoseaba. Llamé a mi amigo y le pregunté qué le parecía. Son huevadas, Petit, me respondió, no hay nada ahí, no seas NIÑA.

Sin embargo, no pude estar tranquilo. Me acordé de las palabras del medico: si no se trata por menospreciar la mordedura puede ser muy tarde. Las palabras cirugía, necrosis del tejido, riñón, hombre elefante, muerte y algunas otras rondaban por mi mente. Lloré. De verdad lloré. Estaba realmente asustado. Llamé al especialista al que había consultado y el muy bribón estaba en Chosica –era domingo- y desde su celular me confirmó lo que temía: no puedo ver la herida, pero no te corras el riesgo, hazte ver, antes de que sea tarde. Solo le faltó decirme “o morirás”.

Al final, gracias al seguro del buen Marcos pude ver a un medico: poco más y se mofa de mí. Con una lupilla examinó mi mancha rojiza, que para nada era violácea para él y me preguntó, sin ambages: ¿tomas drogas? Al ver que no era ese el problema, se rió, me mandó una crema y me hizo firmar. Pero estaba tranquilo, eso era lo importante. La historia pasó a ser, gracias a Marcos, como la historia de “Petit y la araña mortal”.

Trauma superado
Así pues, cuando vi la mancha roja en mi codo tiempo después, me pregunté: ¿pasaré el mismo ridículo? Pero esta vez, ya con la experiencia vivida, si que era violácea la marca. Algunas personas de mi trabajo de aquel entonces dijeron al unísono: ARAÑA. Por ultimo, una chica que de verdad había sido mordida por una loxsceles laeta en la pierna hacía relativamente poco me dijo que mejor fuera al medico, porque a ella le había empezado así.

Me vino a la memoria el cuento La migala, del mexicano Juan José Arreola, donde una araña de presencia fantasmal tortura al protagonista en su departamento todas las noches. Finalmente, fui al médico, pero sin temor. Se demoraron una hora en atenderme y a medida que pasaba el tiempo la “mordedura” se volvía más pequeña, ardía igual, tenía toda la pinta de araña, pero era cada vez más insignificante y para nada violácea ya, y me hacía sentir cada vez más cerca a las puertas del ridículo. Otra vez. Tanta era mi vergüenza que rasqué sin parar el área afectada del codo por un buen rato para que luciera un poquitín más roja, al menos.



Al final, como ya conté, el médico casi que me confirmó que era una araña, una pequeña bebé, cuya mordedura, con una pastilla durante 5 días no generaría consecuencias más que la manchita que tengo hasta hoy en el codo. Pero el miedo desapareció. Por eso, hace dos días que amanecí con esa mordedurita en mi lagrimal no me importó y pensé: si se pone roja de verdad me trato, si no, pues no. Pero siempre en mi cabeza con la idea de más vale prevenir que lamentar, como decía la abuela de alguien. La mía no.

lunes 29 de septiembre de 2008

Hay dolores en la vida tan fuertes…

Le ha tocado el turno a una fobia prácticamente generalizada y, quizá, una de las más difundidas y conocidas, al menos en el imaginario popular: el miedo al dentista. Comencemos por datos concretos: hace unos pocos días, la agencia Europa Press difundió las declaraciones del estomatólogo español Ignacio Corral según las cuales entre el 8 y el 15 por ciento de la población de España presenta fobias relacionadas con el tratamiento dental, mientras que el resto –sí, el resto, es decir, entre el 85 y el 90 por ciento-, a pesar de no presentar una fobia propiamente dicha, siente casi siempre algún tipo de malestar, ansiedad o miedo antes y/o durante su visita al dentista (ver información completa).

No es difícil, por supuesto, llevar estos resultados a un plano universal. Es poco probable que los españoles sean los únicos temerosos ante aquella frasecilla de “abre grande”. Por mi parte, no pertenezco a ese 15% que presenta fobias asociadas a traumas infantiles y demás, salvo una mala experiencia que narro más adelante, pero por supuesto admito y comparto que dentro del “resto” sí que estoy: la ansiedad y la tensión me invaden cuando ocupo mi lugar en la silla del dentista y luces caen sobre mis ojos desde lo alto y un doctor amable pero del que siempre desconfías te mira con una mascarilla azul y te dice “si me dejas trabajar todo irá mejor, abre grande y no cierres”. Es más, siempre viene a mi mente aquel capítulo de Los años maravillosos, en los que el pobre Kevin Arnold se enamora de la asistente de su dentista y se siente un cobarde ante ella por tenerle miedo al doctor, al que imagina, en sueños, poco más con una sierra eléctrica en las manos.

Debo confesar que no voy al dentista hace mucho. Ciertamente, nunca. Y no por miedo, sino más bien por descuido. Soy un descuidado y odio las citas médicas, por más contradictorio que parezca con mi supuesta condición hipocondríaca. Hace poco me vi obligado por un gran dolor a ir al dentista luego de mucho, mucho tiempo, tanto tiempo que me avergüenza decirlo, pero que quede registrado que es una cantidad de meses infame para cualquiera que busque evitar problemas dentales. Simple descuido, ese descuido que llevó a que ande meses, sí, meses, con una muela rota, soportando a punta de aspirinas y, al final, de hanalgezes, el dolor fortísimo que invadía mi cerebro cada día. Un dolor como un mazaso en la cabeza, como una inyección en el nervio, como un golpe… un golpe como del odio de Dios, como escribió el poeta. Y es que no creo que exista alguien a quien no le haya dicho su madre o su abuela o alguien querido: como el dolor de muelas no hay, hijito…

Aplazando lo inaplazable…
Siempre encontraba una excusa para aplazar la cita, para llamar al médico, para quedar en ir a verme esa muela rebelde. Y es que sabía lo que me esperaba: cuando llega lo peor, el descuido cede y da su lugar al certero temor. Cuando tienes una muela evidentemente rota, al final de la hilera de dientes, que apenas ves pero que sientes palpitar como una locomotora, sabes que esa muela está pidiendo a gritos que la saquen. Es decir, en tu cabeza ves la imagen clara de un matasanos con un alicate en las manos y que ¡pum! te arranca de raíz tu preciada muela y te hace ver a Judas en paños menores y te vuelves un Kevin Arnold que alucina en sueños con esa sierra mecánica y te conviertes en parte militante de ese 15% de ciudadanos españoles que le tienen fobia al dentista o al menos haces público y sonoro tu pertenencia a ese otro 80% o más que al menos alguito de miedo tiene.





Averigüé mucho, pues, antes de aceptar la cita. Averigüe, por ejemplo, que en estos meses -años, vamos- que no he ido al dentista todo ha mejorado y ya raras veces extraen muelas. Te la parchan, a lo más. Endodoncia previa, claro está. Y nunca me habían hecho endodoncias. El temor a lo desconocido siempre aflora, más aún cuando lo poco que conoces es ese ruidillo de taladro que te perfora el coraje, ese tubillo que chupa la saliva y los restos de diente pulido, esa luz en tus ojos, ese medico sin rostro y con lentes de plástico, esa silla que más que de dentista podría ser perfectamente de ejecución, eléctrica y todo. Pero mi sensatez ganó, ayudada un poco por mi memoria cinematográfica. Volvió a mí la escena de la película Naúfrago, donde un desesperado Tom Hanks, tan descuidado como yo antes de su pérdida en la isla, se vuela una muela con una zapatilla para hacer esquí sobre hielo, es decir, con la cuchilla de la zapatilla, cayendo desmayado inmediatamente, claro está, Tom Hanks, no yo, por supuesto.

Cuando vi esa película por primera vez, y las miles de repeticiones que logré captar en el cable, siempre me pregunté qué haría yo de encontrarme en una situación parecida. No de naúfrago en una isla, algo que por cierto me encantaría en la fantasía (mi libro favorito de pequeño siempre fue La isla misteriosa, de Julio Verne, y ya de más grandecito, me devoré Robinson Crusoe, de Defoe), sino de naúfrago con un dolor de muelas insoportable, de naúfrago con una muela podrida que no deja ni respirar. Y pensé: ¿haría yo eso con una cuchilla? Ni muerto, me respondí. Algunos años después, no en una isla, pero sí aislado de miedo, llegué a afrontar esa problemática. Evidentemente no iba a coger un cuchillo de cocina para eliminar mi muela y, con ello, mi dolor, así que decidí ir al dentista cuando ya no quedó más remedio. Y tuve que esperar. El dentista de la familia había salido de viaje y por Dios que lo iba a esperar. No quería arriesgarme a irme a atender con cualquiera. Así que tuve que soplarme el dolor de muela y 3 hanalgezes diarios, lo cual es más que un postoperatorio, durante una semana hasta el regreso de mi salvador dentista.


Abre grande la boca, abre grande la cuenta
El periplo por su silla fue sencillo, debo aclarar. Estos miedos no tienen fundamento. Soñé un par de noches con una gran jeringa que me atravesaba el cráneo, pero llegado el momento la silla pareció disminuir, su terrible aspecto de patíbulo se redujo, la mascarilla azul del médico se hizo amigable y la gran jeringa se volvió un pequeño piquete sin sentido. La última vez que había estado en una situación similar fue cuando me extrajeron las muelas del juicio, dos a la vez, si es que extrajeron es la palabra correcta: en realidad las hicieron polvo. Me partieron la muela dentro de mi boca en varios pedazos, hicieron palanca con para nada delicados instrumentos, con mi boca adolorida a más no poder, hasta sacar todo, todito. Ciertamente tenía un antecedente para tener temor, pero todo fue más que bien.

Pulieron mi muela, que ya para ese entonces despedía un terrible olor a conejo muerto (no me atrevía a abrir la boca en público por vergüenza), hasta dejarla reducida a un pedacito minúsculo: solo un 30% pudo salvarse. Sacaron el nervio, taparon el hueco con un sofisticado producto maleable que se petrificaba al instante cuando se le exponía a una lucecita azul. A la semana volví, me sacaron el tapón, me pusieron el molde blanquísimo de mi nueva muela que, según el médico, me durará unos 10 años. El doctor aprovechó para chequearme todo lo que no me habían chequeado en algunos años, declaró que debía hacerme una limpieza dental y que, nada pues, hombre, cuídate los dientes, que los tienes un 25% gastados y eso es mucho para tu edad. No sin despedirse con un “aunque si quieres no te cuides, así me das más chamba”. Y claro, al final de esta vuelta a los ruedos odontológicos lo que más dolor me causó fue lo que valía la dichosa muela de repuesto. De ahora en adelante, me queda clarísimo, no le tengo miedo al dentista, sino a sus taladrescos honorarios.

martes 8 de julio de 2008

Las estrellas también temen

Para variar un poco (y porque debe resultar más entretenido para ustedes), esta vez le ha tocado el turno a las fobias, miedos y rarezas de personajes más entretenidos que yo (y que los divertirán más, probablemente). Pero mi punto, el punto de este blog, no se perderá: todo sirve para demostrar que todos, toditos, hasta los que ganan millones, salen en pantallas, cantan en escenarios ante miles de personas o escriben novelas con brillantes cerebros, sobre todo ellos, tienen miedos que podrían ser inconfesables pero que, por el contrario, los hacen personas más ricas, complejas, interesantes y humanas. He aquí, para ustedes, las historias de fobias y miedos que he podido recopilar de personas que son famosas no por sus temores, sino por sus talentos.

Sigamos con aquello de “no quiero volar”
En el post anterior hablaba de la aerofobia o miedo a volar. Es algo que no solo nos pasa a algunos comunes mortales antes de irnos de vacaciones, sino también a las estrellas del mundo del deporte, la literatura, la música o el cine.

Subirse a un avión le provoca un miedo terrible, por ejemplo, a la súper estrella de Friends, Jennifer Aniston, a la siempre rara Cher, al rudo Colin Farrell, a la carismática Whoopie Goldberg, a la gran actriz uruguaya “China” Zorrilla, al recordado grande pa’ Arturo Puig o al brillante novelista Salman Rushdie, quien curiosamente comienza su famosa novela Los versos satánicos con dos personajes cayendo por los cielos luego de que un avión explote.

También sufren de este mal, pero al punto de haber perjudicado su carrera, los futbolistas Raúl Gutiérrez, del Blooming de Bolivia, quien recientemente se retiró por su abierto miedo a transportarse en avión (antes de eso solo jugaba en casa, no viajaba para los partidos de visita y cobraba la mitad de su sueldo por ello), y el archiconocido holandés Dennis Bergkamp, mundialista con su selección en EE.UU. 94’ y Francia 98’ y ex estrella del Arsenal inglés. Fue justamente en un vuelo traumático y turbulento durante el mundial de Estados Unidos lo que gatilló el miedo de Bergkamp a los aviones. Desde entonces, siempre jugó de local y se movilizó a sus destinos en trenes o al volante de su automóvil, lo que le impidió estar en varios partidos importantes. Por ejemplo, no pudo viajar al mundial de Japón-Korea 2002, por obvias razones oceánicas que su auto no pudo superar.


La genial Aretha Franklin también sufre este temor, así como el ya fallecido Stanley Kubrick, director de joyas como La Naranja Mecánica, El Resplandor y 2001: Odisea en el espacio, quien una vez señaló lo siguiente:

A lo largo del tiempo, he descubierto que no me gusta volar, y he reparado en comprometedores márgenes de seguridad de la aviación comercial de los que nunca se habla en la publicidad de las aerolíneas. Así que he decidido viajar por mar, y jugármela con los icebergs.

Finalmente, un guiño ficcional de aerofobia: el recordado y rudo Mario Baracus (Mr. T) de Los Magníficos (The ‘A’ Team), a quien sus compañeros siempre engañaban para subirlo al helicóptero (¿cómo podían hacerlo SIEMPRE? ¿Acaso era tonto el buen Mario?) haciéndole tomar un vaso de deliciosa leche con somníferos.


La suma de todos los miedos
Pero el miedo a volar es solo la punta de un gran iceberg, como el que mencionaba Kubrick. Un segundo temor bastante difundido entre los famosos, por contradictorio que parezca en algunos casos, es el miedo a los lugares públicos, la llamada agorafobia, que le da, de alguna manera, nombre a este blog (por aquello del Ágora griega) y de la que curiosamente aún no hablamos de manera concreta (ya habrá tiempo y posts para ello), pero que en realidad engloba muchos de los miedos ya discutidos, pues la agorafobia suele desarrollar en la persona afectada fobias específicas como la fobia social, es decir, el miedo a estar rodeado de gente, por ejemplo.



La agorafobia, en su manifestación más puramente social, aqueja, por ejemplo, a la ganadora del Oscar Kim Basinger, quien de temporada en temporada pasa semanas e incluso meses encerrada en casa y a la también actriz Daryl Hannah. También a la ganadora del Premio Nobel de Literatura 2004, la austriaca Elfriede Jelinek, autora de La Pianista (que inspiró la famosa película La profesora de piano, de Michael Haneke), quien por cierto no pudo ni quiso ir a recoger el galardón a Suecia precisamente por sus temores.

Otro agorafóbico Premio Nobel de Literatura fue Juan Ramón Jiménez, autor de Platero y yo, que cuando acudía a algún acto público se situaba cerca de la puerta para poder salir pronto en caso de sufrir un ataque de pánico (actitud que comprendo plenamente, dicho sea de paso). La actriz y cantante Barbra Streisand también sufre, curiosamente, de pánico escénico: después de olvidarse la letra de una canción en un concierto en el Central Park, en 1967, no se presentó nunca más para cantar en público hasta su reaparición en 1994.

Rarezas y contradicciones
Las fobias que he enumerado hasta el momento son más o menos comunes, normales, entendibles, reconocibles. Pero también hay fobias raras y hasta contradictorias con muchas de las actividades de quienes las sufren.

Por ejemplo, la bomba sexy Carmen Electra, quien se hizo conocida por su papel de salvavidas en Baywatch, sufre de hidrofobia, es decir, miedo al agua (igual que el chavo del 8, pero por distintas razones). Otro caso singular es el de Sarah Michelle Gellar, quien saltó a la fama por su papel en Buffy, la cazavampiros y, oh sorpresa, Sarah Michelle le teme a los cementerios (tafiofobia), padecimiento que también sufre el cantante Roberto Carlos (además del conocido Transtorno Obsesivo Compulsivo - TOC, que aqueja al personaje de Jack Nicholson en Mejor imposible).

Otra fobia contradictoria es la de Tobey Maguire a las alturas. El pobre Tobey, famoso por su papel de Spiderman, tuvo que recurrir a dobles y a efectos especiales para evitar estar mucho tiempo en alturas represivas cuando interpretaba al arácnido superhéroe. Parecida situación tuvo que vivir Uma Thurman, quien ha confesado una terrible claustrofobia: en el film Kill Bill Vol. 2 Uma fue enterrada viva en una total oscuridad en minutos que quitaron el aliento a los espectadores de los cines de todo el mundo.

Igual caso es el Gabriel Byrne, quien tuvo que soportar llamaradas enormes, teniéndole pánico al fuego, en El fin de los días, donde personificó al diablo. Lo mismo con Keanu Reeves, quien tuvo que vencer su miedo a la oscuridad para realizar numerosas escenas de la saga de Matrix. Quien también le teme a la oscuridad, o al menos hasta hace unos años, según ha contado Constantino Carvalho, ex dirigente de Alianza Lima, es la Foquita Farfán, quien dormía con la luz prendida y siempre cerca a su madre (situación que, por sus andanzas, imaginamos ya solucionó). Algo parecido le pasaba al emperador romano Julio César, quien además de ser epiléptico, sufría de miedo a la noche (nictofobia, que abarca ambas acepciones fóbicas).


Y las extrañezas continúan. La ganadora del Oscar, Nicole Kidman, le teme a las mariposas (como mi amigo el del campamento de posts anteriores), la voluptuosa Pamela Anderson le teme a los espejos, quizá porque no cabe en ellos, Johnny Depp y Daniel Radcliffe (Harry Potter) le temen a los payasos (coulrofobia) y Brad Pitt y Justin Timberlake, ambos rubilindos actores, se aterrorizan, aunque comprensiblemente, al ver un tiburón (selacofobia). Algo más rara es la supuesta fobia a los gérmenes de Michael Jackson, quien cubre su rostro con una mascarilla todo el tiempo, aunque otros, como el millonario Donald Trump y la blonda Mandy Moore, también lo sufren (misofobia)




Por su parte, Orlando Bloom, el popular Legolas de El Señor de los Anillos, no soporta los chillidos de un cerdo, Scarlett Johansson suele desmayarse cuando ve pasar una inofensiva cucaracha y Madonna, según cuentan sus amigos, se comporta como una niña cuando anuncian una tormenta pues le tiene terror a los truenos (astrafobia). El gran tenista André Agassi no le tendrá miedo a los peines, pero sí a las arañas (aracnofobia), y el finado amo del suspenso, Alfred Hitchcock, tenía quizá la más incomprensible de todas las fobias, pues no soportaba los huevos, lo que le da un nuevo sentido interpretativo a su obra Los pájaros.



Cierran esta extraña lista Michael Douglas, quien le teme, según datos recogidos de Internet, al vello de las axilas (caetofobia), por lo que imaginamos cómo debe tener de vigilada a Catherine Zeta Jones, Matthew McConaughey, quien le tiene miedo a los túneles y a las puertas giratorias, aunque, teniendo en cuenta lo que señala la prensa internacional sobre sus problemas amorosos debido a sus humores corporales, seguramente también a los desodorantes. Isabel I de Inglaterra le tenía terror a las flores: quizá por eso la conocida “reina virgen” nunca entregó la suya. Y otro rey, Enrique III, cual momia egipcia, no toleraba la presencia de gatos (ailurofobia).




Para finalizar con esta alocada lista, termino con un clásico: Woody Allen, que padece cinofobia, es decir, miedo a los perros, pero ¿a qué no le tiene miedo Woody Allen? Probablemente al éxito, como todos o casi todos los mencionados en esta lista de locura pero también de la más pura humanidad.

miércoles 21 de mayo de 2008

Vo-la-ré, oh oh oh...

Volar es uno de los grandes miedos humanos, quizá una de las fobias más extendidas junto al temor a los temblores (ver post anterior), a las arañas (aún por escribir) y a los dentistas (¿tendré miedo a eso o será solo una cuestión de evasión?). Pues nada, resulta que en los últimos feriados de mayo por la Cumbre ALC-UE tuve la oportunidad de poner a prueba mi relativamente reciente temor a volar. Fin de semana largo, viaje familiar, plan tranqui, mar azul tumbecino, olvidar el trabajo por unos días, tan solo una pequeña causa de estrés: subir (y bajar sano y salvo) del avión.

Sincerándome, este post debería ser más sobre claustrofobia que sobre miedo a volar (que, por cierto, se llama aerofobia). Estar encerrado en un tubo metálico con alas durante un tiempo determinado por la distancia que hay que recorrer, sin poder salir cuando desees, sin poder parar en una esquina o decirle al piloto "baja, baja" o "pare, que quiero ir al baño", puede más, mucho más, al menos para mí, que cualquier pensamiento del tipo "este armatoste se va a caer", "cuando despegue va a explotar en el aire", "¿y si se para la turbina?" o el más extendido "nos haremos pedazos al aterrizar". Vamos, que lo que me da miedo no es la posibilidad de morir en el aire por una falla del piloto o de la aeronave o por un trastorno climático, sino más bien estar encerrado ahí, en las alturas, sin posibilidad de escape alguna. La sensación es parecida (si tienes claustrofobia) a estar en un ascensor por una hora o más (12 si quieres ir a las Europas, más de 30 si China es tu destino), sabiendo, además, que estás a miles de pies de altura y que ni Superman disfrazado de bombero puede hacer nada por evitarlo.



Volar no me preocupa nada de nada, es la ansiedad de estar atado de manos en una lata voladora la que me carcome los nervios. Algo parecido me sucede cuando viajo en autobús o en carro por carreteras interminables, sabiéndome en medio de la nada y sin la posibilidad (ya sea por ser un transporte público o por el roche de que los acompañantes de viaje piteen) de decir apaguen el motor que aquí me bajo, que aquí quiero estirar las piernas, que aquí me compro mi chelita, que aquí quiero ir al baño.



Eso comprueba, más o menos, que mi ansiedad y nerviosismo al interior de los aviones no es, para nada, debido a un miedo a no salir vivo de allí, puesto que algo parecido siento en un autobús, medio de transporte, por cierto, cuyos índices de peligrosidad y mortalidad son muchísimo más altos que los de los viajes aéreos. Quizá por eso, como en el caso de los terremotos, mi miedo es pequeño o típico o, en todo caso, va por otro lado: porque razono y sé que la posibilidad de que se caiga el avión es mínima, y las fobias son miedos irracionales a situaciones a las que se les busca la sinrazón o, si se quiere, la excepción estadística.

Todo empezó como volando...
Mi miedo a los aviones es bastante reciente. Empezó en 2004, luego de un viaje juerguero al Cusco con unos amigos de la universidad. En esa época empecé a sentir una fuerte claustrobia que amainaba mi espíritu cada vez que entraba a cines repletos, ascensores, autobuses y, por supuesto, aviones (la mayoría de estos miedos irracionales ya los superé, ahora mi claustrofobia se limita a sufrir un poco en los viajes aéreos, en las obras teatrales y en los cines). En ese vuelo de regreso, luego de varias noches de distensión alcohólica con mis amigos, mis nervios estaban sobreexcitados y a flor de piel. De la nada empecé a perder el aire en pleno vuelo, luego del despegue, mi garganta empezó a secarse, mis brazos se entumecieron y un fuerte hormigueo empezó a recorrer mi estómago y mis demás extremidades.




Yo regresaba solo, antes que mis compañeros, y tuve el auxilio, entre comillas, de las dos señoras que se sentaban a mi lado: una periodista española que venía de conocer el Cusco y una peruana que acababa de visitar a su hija en el ombligo del mundo. Las dos, sin saber mucho qué hacer, solo atinaron a echarme aire con las revistas que tenían a mano. Una de ellas, mientras me abanicaba, agarró mi mano, ya entumecida y con el dolor típico del miembro adormilado, y me dijo “ya pasa, hijo, ya pasa”. Yo, con la sonrisa más estúpida del mundo, las trataba de tranquilizar, yo a ellas, pues un par de veces había sentido sensaciones parecidas (que ya narraré cuando sea oportuno) y sabía que todo estaba en mi cabeza: era simple y puro pánico. Pero no a morir en el avión, sino un pánico provocado por la ansiedad, fortalecida por la resaca de lo vivido en el Cusco, de no poder salir. Fue, sencillamente, miedo al miedo. Ya lo escribió, en su genial Robinson Crusoe, Daniel Defoe : “El miedo al peligro es diez mil veces peor que el peligro mismo y el peso de la ansiedad es mayor que el del mal que la provoca”. Y el miedo como vino, pasó. Y el avión aterrizó con el mejor de mis ánimos, dándole besos en el cachete a mis dos salvadoras.

De volar... volaba

¿Pero qué pasaba antes de este 2004 en donde me vino este apuro de temor en pleno vuelo de regreso a Lima? Antes no había tenido ningún problema con volar. De niño había ido a Tumbes dos veces en avión, al mismo destino que ahora me llevó Aerocondor, y sin problema alguno. Luego, ya mayorcito, a los 22 años, volví a subirme a un avión, esta vez a un enorme Boeing de Iberia para viajar a España por un intercambio universitario. Ya por esas tierras, volví a viajar a Francia, primero, y a Italia, después, en aviones y absolutamente solo. Sin miedo alguno, mi mochila al hombro y con varios viajes en trenes y autobuses sobre mis espaldas. Ni la más mínima pizca de miedo, temor, ansiedad, claustrofobia o pensamiento maligno en mi cabeza. Eso me dijo una vez un psicólogo al que visité en cinco ocasiones (no era su tipo de paciente ni él mi tipo de psicólogo: rajé del psicoanálisis sin darme cuenta de que un cuadro de don Sigmund orlaba, grandioso, la pared a mis espaldas). Me dijo: “tú tienes ansiedad y estas claustrofobias, pero sabes que antes podías hacer todo eso que ahora no puedes o te cuesta hacer, tienes un pasado que te favorece, solo debes decirte a ti mismo que ya lo has hecho antes y que no hay razón para que ahora no lo hagas”. Fue lo mejor que saqué de esas cinco sesiones, a 25 dólares cada una, y quizá uno de los mejores consejos recibidos desde entonces. De ahí mi superación de muchos traumas que no cabe contar –aún- aquí y de la conchudez con la que intento –al menos intento- meterme a los aviones cada vez que he tenido que hacerlo.

La primera vez fue ese mismo 2004, para viajar a Argentina. Cuatro horas de vuelo es un poco más que 40 minutos al Cusco y era “mi primera experiencia post-trauma”. Viajé bajo los efectos de un ansiolítico que me mantuvo en las orillas del sueño, mientras que mis padres lo hicieron bajo el leve efecto del alcohol, pues, como tantísimos otros pasajeros a nivel mundial, el susto se les pasa con un par de whiskcachos en el aeropuerto antes de salir. Yo preferí la vía médica, así que me dije, cual Calamaro, antes pan, ahora clonazepán, y me imbuí en la tranquilidad soñolienta de los ansiolíticos.


La segunda vez también fue a Argentina, un par de años más tarde, con mi enamorada de aquella época, y también recurrí a las pastillitas: me fue bastante mejor, tosí menos, moví la pierna menos, dormí menos. Miedo al miedo, igual sentí. Miedo a que me vinieran los síntomas del miedo, igual sentí. Pero controladito. Me dije: piano, piano, que vamos avanzando. Finalmente, en el último año he hecho dos viajes, uno al Cusco (el retorno a los orígenes del trauma) y otro a Tumbes, ambos con excelentes resultados, algo de ansiedad, aún con pastillitas encima, pero bastante más calmado.

Cabe decir, y esta opinión la comparte mi familia y mi enamorada, que el piloto de Aerocondor del vuelo de ida parecía un conductor de combi al mando de una aeronave. El aterrizaje de la escala que hicimos en Piura fue terrorífico por el sonido que produjeron las llantas sobre la pista, un sonido tan horrible que hizo que mi enamorada, preocupada por mis temores pero en realidad asustada por ella misma, me dijera, entre sollozos, “tranquilo, tranquilo, tranquilo”, mientras me apretaba la mano con desesperación. Y es que es lógico, el miedo a un aparato que vuela es absolutamente natural y, quizá, para nada irracional después de todo. Quién sabe, ese que dijo que si el hombre hubiera querido volar, Dios le hubiera dado alas quizá tuvo razón. Al menos Darwin estaría de acuerdo.

miércoles 9 de abril de 2008

Regia Alergia

Hace unos meses un amigo periodista tuvo una reacción alérgica que casi lo lleva a la tumba. Subió a las alturas de La Oroya y tragó, sin precaución, un Sorochipil, a sabiendas que tiene una poderosa alergia a los llamados AINE’s, es decir, a la mayor parte de los analgésicos. Y como el Sorochipil es una bomba de aspirina (contiene 325 mg, es decir, 3 aspirinas y pico), y la aspirina es más o menos la mamá de todos los AINE’s, el buen Renato terminó con su garganta obstruida por la reacción alérgica, una traqueotomía mal hecha con un lapicero en plena carretera y un abrazo muy fuerte de La Parca que, felizmente, no fue más que un breve saludo.

Aunque las alergias no son un tema fóbico, sí que pueden generar temor en los individuos. Ciertamente, no en Renato, al menos hasta ese incidente, pues engulló sin temor (y con bastante negligencia, como él mismo confiesa) una pastilla que para algunos es un bálsamo contra el mal de altura, pero que en su organismo reacciona como un veneno feroz. Sin embargo, ser alérgico, sea a los analgésicos o a algún marisco raro, normalmente pone en alerta al más despistado. Y, en muchos casos, genera miedo, casi siempre justificado. Todo lo contrario, pues, a la mayoría de las fobias.

Los eosinófilos y yo
Un alérgico no tiene ninguna “condición” psicológica que lo arrastre al miedo o a la paranoia. Simplemente actúa con esperable prudencia ante la inevitable realidad. El alérgico no sufre, por ejemplo, un temor injustificado a las abejas. Si alguien es alérgico a ellas, o mejor dicho a su veneno, sería un completo loco si no le perturbara su presencia y mucho más su posible ataque. El peligro es real. De igual modo, un alérgico a los mariscos y crustáceos puede generar una comprensible paranoia hacia los bocaditos que, por su pastosidad y color, pudieran parecer hechos de cangrejo, por decir algo. El alérgico, sobre todo aquel que ya ha experimentado episodios traumáticos con alguna picadura o ingesta de algo que le es prohibido, vive atento a las situaciones que pudieran resultarle perjudiciales. Y, por lo tanto, sabe que cualquier paso en falso, cualquier parpadeo o despiste, como en el caso de mi amigo en La Oroya, puede resultar molesto e incluso peligroso.

Por mi parte, además de fóbico, resulta que soy alérgico, y bastante. Se me puede considerar una bomba alérgica andante y, lo peor de todo, es que solo tengo cuatro alergias comprobadas, pero los análisis de sangre opinan que tengo el potencial de desarrollar algunas cuantas más. Puede parecer exagerado, pero lo descubrí hace unos meses, cuando me hicieron un examen sanguíneo en mi oficina que reveló una cifra alarmante: 21 puntos en la categoría “eosinófilos”, acompañado de un comentario que decía “Eosinofilia grave”. Preocupado, como buen hipocondríaco, busqué en Internet que diantres significaba tener el nivel de eosinófilos en 21 cuando lo normal es no pasar de 3 o 4. Esto fue lo que encontré:

Un promedio alrededor de 4% de eosinófilos en la sangre es normal, pero si tiene un registro más alto entonces usted padece de eosinofilia, que si progresa puede causar peligros para la salud significativos.

¿Qué peligros? Pues estos:

· Enfermedades del pulmón (síndrome de Loeffler).
· Inflamación de los vasos sanguíneos (síndrome de Churg-Strauss).
· Ciertos tipos de enfermedades de la piel (herpetiformis- dermatitis).
· Parásitos variados…

y

· Ciertos tumores malignos (linfoma).

Evidentemente cuando leí TUMOR MALIGNO y LINFOMA, acompañado muy de cerca de PARÁSITOS VARIADOS, me alarmé. Pero lo que no decía esa bendita página de Internet es que también podía deberse a una simple tendencia a desarrollar alergias, sobre todo rinitis, cosa que me aclaró el médico que visité, como es comprensible, a las pocas horas de haber recibido los resultados de mi examen, que, por lo demás –decía mi médico-, señalaban que yo tenía la salud de un toro.


Mercurio, pota, aguaymanto…
No hay que precisar que la diversidad de alergias es tanta como la de personas. Hay alergias impensadas, insólitas, recurrentes, casi casi de ciencia ficción, unas más peligrosas que otras, pero todas preocupantes, en mayor o menor medida, para quien las sufre que, sea algo importante o no, se ve privado de algo en la vida debido a ellas.

Empezaré por decir las mías, que como dije son cuatro, aunque mi eosinofilia parezca indicar que pueden surgir más en el camino. Soy alérgico al polvo, como miles de personas, eso no es nada llamativo. Soy alérgico al mercurio, eso ya es un poco más raro, pero en la práctica no me afecta, a menos que rompa un termómetro en mi boca. Soy alérgico a la pota, ese calamar gigante del que se sirven muchas cevicherías para aumentar el volumen de sus platos (las tres veces que he comido pota, todas en la Avenida Rosa Toro y en variedad de formas, sea en ceviche, arroz con marisco o leche de tigre, se me ha cerrado la garganta, impidiéndome respirar, nada que un buen antihistamínico no pueda salvar).

Finalmente, soy alérgico, y esto lo descubrí hace poco almorzando inocentemente, al aguaymanto o Physalis peruviana, esa fruta andina cítrica más conocida como uchuva en otros países y que sirve para hacer deliciosos platillos y tragos (es famoso el aguaymantosour). Al terminar mi plato de “Pollo al aguaymanto” no pasó nada, pero a los 10 minutos empecé a sentir una intensa picazón en el rostro, un rush que empezó a correr por toda mi cara y que motivó un sarcástico comentario de un compañero: “¿Se te chorreó el chocolate o te volviste Freddy Kruguer?”.
Cuando el sarpullido empezó a extenderse por el cuello fui corriendo donde la doctora Capulina de los posts anteriores que, aquella vez sí, acertó en el diagnóstico (más evidente no podía ser) y con un buen clorotimetón me sacó del apuro. Pero me sentí un poco desolado, no conocía a nadie que fuera alérgico a la pota ni mucho menos al aguaymanto…

Alergias para escoger
Pero mis alergias, alivio de muchos, consuelo de tontos, no son para nada peligrosas ni mucho menos limitantes. Ni tampoco tan exóticas como pensaba. Bastó una simple conversa en la oficina sobre este tema para que salieran los comentarios más alucinantes sobre alergias propias y extrañas. Mi jefa confesó, pero de una manera tan natural que parecía como si estuviera hablando del clima, que era alérgica a los Cheese Tris, sí, a esos bocaditos tan conocidos. Le empiezan a salir rayas rojas en la cara de manera inmediata. “Los Cheese Tris son lo peor”, comentó. Y, como si nada, contó también que era alérgica a los bronceadores como el Hawaian Tropic (“Me sacan marcas rojas en las palmas de las manos y de los pies, como si fuera a sangrar, parecen estigmas, siempre bromeo que he sido tocada por el Señor”), a la piña (“Me saca ronchas”), a cualquier lipstick bloqueador, al sol (“Me enrroncho”), a la charada de maní (“No a la galleta de chocolate ni al maní, sino a su combinación”), a las máscaras (más conocidas como Rimel) y, la más peligrosa de todas, al cloranfenicol, que una vez la puso en estado de coma ni más ni menos.

Y la lista de alergias continúa. No podía faltar mi buen amigo “A”. Él se lleva quizá el premio a la anécdota más graciosa (y trágica para él) sobre el particular. Su alergia es común: mariscos y crustáceos. Una vez, contó, había ido a un matrimonio donde “empezó a estrechar lazos con una chica guapa” y la cosa pintaba bien para él. Lo que no calculó fue que uno de los bocaditos preferidos de la chica en ese matrimonio fueron unas galletitas con pasta de cangrejo. Cuando estaban ambos en el taxi intentando estrechar vínculos, justo en el momento del primer (y último) beso, sintió “A” el olor y luego el sabor del bendito cangrejo. Le vomitó encima con furia y siguió vomitando sin parar “hasta quedarme seco”. La pobre chica tuvo que bancarse la reacción alérgica de mi amigo. “Digamos que no me volvió a contestar el teléfono”, bromea “A”, quien hasta hoy dice no aguantar el olor de cualquier producto marino sin sentir fuertes arcadas.


Y la lista sigue y sigue. En esa pequeña lluvia de recuerdos que se formó sin querer en mi oficina salió el caso del pata que se hincha cuando come choclo, de una chica que se enrroncha cuando hay mucha humedad o frío de manera instantánea (lo que la llevó a transformarse en un monstruo de ojos hinchados luego de surcar la ciudad en una moto), de otro amigo que es alérgico al yodo y casi se queda muerto cuando intentaron hacerle un encefalograma con el método del contraste que implica que el yodo ingrese por las venas, de una chica que es alérgica a los antialérgicos, por más absurdo que suene, pues no soporta nada que tenga cloro, lo que también le impide, por ejemplo, bañarse en una piscina.

También el caso de un compañero de oficina que no puede tomar pastillas contra el resfrío que no den somnolencia, por lo que está condenado a curarse de los malestares del resfrío a punta de bostezos. Y el rarísimo pero cómico caso de una chica que es alérgica al látex y, a la vez, a los anticonceptivos. El primero, se contó, le generan irritación, los segundos le provocan un aumento de la prolactina, lo que hace que sus glándulas mamarias se inflen hasta alcanzar proporciones maternas y funciones lácteas. Una alergia, además, que en la práctica la condena al método de protección del Opus Dei: la abstinencia.

Alergias sin miedo, miedo sin alergias
Mientras escuchaba estas historias, recordé a mi amigo Martín que siempre dijo ser alérgico al grass recién cortado y por eso nunca quería jugar pichanga. A mi padre, que no puede comer choritos a la chalaca. A mi amigo Paco Tumi, que cada vez que come pescado se le hincha la frente y solo la frente. O mi amiga Micaela que, luego de comer un langostino podrido en un conocido restaurante, literalmente se jodió para siempre: una vez le pasaron un langostino muerto por el brazo y se le enrronchó todito.

Las alergias no generan miedo por sí solas. Uno no le tiene miedo a los elementos que las generan, pero las reacciones que nuestro cuerpo puede tener ante estos componentes prohibidos pueden ser a veces tan incómodas e impredecibles que un cierto temor puede apoderarse de nosotros. Mi amigo “A” cada vez que come una causa o le sirven una galletita con paté pregunta, preocupado, ¿tiene mariscos? Yo mismo cada vez que voy a una cevichería indago con el mozo si utilizan pota para elaborar los arroces y guisos, a lo que el mozo, siempre ofendido, responde “Aquí no trabajamos con ese producto”. No quiero ni imaginar qué hubiera pasado si hace unos meses, antes de saber de mi alergia al aguaymanto, hubiera decidido probar el aguaymantosour que tan rico se ve cada vez que, al final, pido uno de limón nomás o quizá de maracuyá.

Un shock alérgico puede ser mortal, y si no, preguntémosle a Renato que, con mucha chispa, plasmó la situación de manera inmejorable al decir que la frase que se le venía a la mente en plena crisis era “tanto nadar para morir en La Oroya”…

martes 1 de abril de 2008

Terror al temblor

Este último sábado, Lima vivió un par de temblores bastante moviditos. Uno en la madrugada, a la 1.40am, y otro, bastante más fuerte, un par de horas después del amanecer, a las 7.53am. Ver la reacción de las personas que me rodearon, de lejos o de cerca, en estos dos sustos telúricos me ha llevado a tocar un tema que antes o después iba a ser abordado en esta bitácora: la preocupación, nerviosismo, temor e incluso terror a los temblores y, cómo no, ante la posibilidad de que el puntaje en la escala de Richter supere los 7 puntos y pasen a llamarse terremotos.

Empezaré por las reacciones que me llevan a este post: mi novia prácticamente se echó a llorar en el primero y a gritar en el segundo, mientras yo solo atiné a bostezar en uno y a abrazarla para calmarla en el otro, con el corazón en la boca, sí, pero sin ninguna intención de evacuar, de salir a un descampado o de ponerme a rezar. Mi ya conocido amigo “A” me llamó a la media hora, a comentar el sismo, para ver si estaba bien y contarme cómo lo vivió con su enamorada. “Las paredes se mueven, Petit, algo que no se mueve nunca, se mueve”, siempre suele decirme.

Por mi parte, para ser sinceros, de todos los temores que puedo albergar, que como ya se habrán dado cuenta son muchos, el miedo a los temblores no está entre los primeros. Es curioso: mis miedos más feroces y arraigados normalmente generan la burla de mis amigos, mientras que el mucho más popular terror a los sismos, que para mí es un miedecillo lógico pero no fundamental, domina a un considerable porcentaje de la población. Al parecer, estoy cruzado con lo “normal”.

Y es que lo reconozco: tener miedo porque la tierra se mueve, es decir, a que algo que es absolutamente fijo e inamovible (salvo el uso de explosivos, por ejemplo) empiece, de la nada, a moverse, a ondular, a subir y a bajar, es perfectamente comprensible. Que la tierra se mueva es motivo suficiente para que cualquier persona con dos dedos de frente se asuste. A mí, por supuesto, me pasa. Cuando hay un temblor fuerte, como el de este sábado, me asusto, pero, por lo general, en esos temblorcillos de corta duración y poca intensidad, esos que mueven constantemente, por ejemplo, a Ica y a Arequipa, no suelo perder la calma ni asustarme más de lo normal. Sé que un temblor de 3 ó 4 grados no me va a matar, así que ni siquiera intento evacuar –¿para qué?-, mientras los que me rodean se paran alarmados o salen disparados.

Recuerdos sísmicos: agosto de 2007
En un terremoto, claro, la percepción es diferente. El primero (y único) que viví fue el que azotó Ica y el sur de Lima con bastante fuerza (y una lamentable pérdida de vidas y de recursos). Me agarró en un segundo piso con unos amigos jugando play station, entre ellos, “A”.

Estábamos, pues, en plena euforia futbolística virtual cuando todo empezó a moverse. Salimos disparados, raudos, bajando de cuatro en cuatro las escaleras del edificio. Para cuando llegamos a la calle, ubicada a una cuadra del malecón de Miraflores, el sismo empezó a menguar. Empezamos a respirar con más tranquilidad, pero para nuestro terror, sí, terror, y el de todos los vecinos que ya estaban en la pista junto a nosotros, el movimiento empezó un segundo redoble, con mucho ruido, estertores de la tierra que asustarían al más rudo de los “Rambos”, y, ya para rematarla, luces azules en el cielo y una antena de Nextel que se movía como una cañita. Era -¿por qué no?- una especie de fin del mundo.

Corrimos hacia el malecón, en busca de un descampado, y algunos adolescentes, insensibles por su ignorante edad a la gravedad del asunto, que, de seguro, podía estar generando muertes en otras partes (como en efecto sucedió), se reían y gritaban, ya hacia el final del terremoto, “otra vez, otra vez, qué paja”.

De los cuatro que estábamos jugando play, el dueño de la casa desapareció. Luego nos enteramos que volvió a su departamento sumido por un miedo mayor: que le roben sus pertenencias, entre ellas, el play. Otro, durante el sismo, no paró de decir, casi en trance, “la tierra se mueve”, como si surfeara. Luego volvió al departamento y siguió jugando play. Solo quedamos en la calle “A” y yo, los dos abrazados, dándonos fuerzas, en pleno malecón, en una situación que para muchos, como veremos en un segundo, no fue para nada “varonil” . “Ya pasó, ya pasó”, nos repetíamos. El siguiente pensamiento conjunto que nos ocupó fueron nuestros seres queridos. “D”, dijo mi amigo, por su enamorada. Yo hice lo propio con la mía.

Esa tarde-noche me demoré media hora en llegar a pie a la oficina miraflorina de mi enamorada, subir los siete pisos y comprobar que ya no estaba ahí. Luego, dos horas para encontrar un taxi disponible para llegar a Magdalena, a su casa. Llegué pálido y mi “suegro” estaba de lo más campante. Su hija no llegaba, pero “ya llegaría”. Yo estaba desesperado, verde, henchido de miedo, no por lo que acababa de vivir, sino por la imposibilidad de saber si mi novia estaba del todo bien, sabiendo que su mayor terror son los temblores. Al final, cuando las líneas se calmaron, ella llamó: estaba en mi casa con mi madre, nos habíamos cruzado.

Fue solo en ese momento, ya tranquilo, que reparé en que yo, miedoso como me autopercibo, había recorrido calles enteras, subido siete pisos desafiando el peligro de posibles réplicas, buscado taxis, peleado por usar teléfonos públicos, todo sin temor, todo por llegar a “salvar” a mi enamorada. El miedo, literalmente, se me esfumó. La adrenalina, supongo, tiene muchas propiedades inesperadas.

Cómo sobrevivir temblores en el piso 18
Pero mi autopercepción de Superman se vino al cacho al día siguiente. Trabajo en un piso 18, al igual que “A”, que tiene un miedo particular a los temblores, al igual que su padre y el mío (ambos, unas joyitas en estos casos telúricos).

Los dos llegamos tarde ese día post-terremoto, nos habíamos salvado de vivirlo en aquellas alturas (“fue espantoso”, nos contaron los que sí lo padecieron), pero no sabíamos si nos agarrarían las réplicas ni cuántas. Hacia las 11am estuvimos sentados en nuestros sitios, pero cada cierto tiempo la tierra se movía, generando nerviosismo en todos mis compañeros, pero sobre todo en “A”.



“Así no se puede trabajar, esto es el horror”, se le escuchaba decir. Hacia las 3 de la tarde, los jefes dijeron que los que estuvieran tensos podían ir a sus casas y trabajar desde allí. La mayoría se quedó, no así nosotros y unos pocos temerosos más. Para esto, nuestra jefa tiene un serio problema con los temblores. Es famosa por ello (en su tarjeta de cumpleaños le pusimos “Un temblor de felicitaciones”), así que nos apoyó en nuestra huída (a ella, pobrecilla, el terremoto la agarró en plena Costa Verde, con una lluvia de piedras rebotando sobre el techo del taxi en el que iba).

Al día siguiente cometí el error de contar dónde y cómo habíamos vivido el terremoto “A” y yo. A nuestras espaldas, nuestros compañeros de trabajo urdieron una teoría sobre nuestro abrazo fraterno al pie del malecón: habíamos actuado como Thelma & Louise en la famosa escena final en la que ambas se arrojan al barranco en el auto de sus correrías. La parodia nos mostraba a “A” y a mí agarrados de la mano, con alas de mariposa en nuestras espaldas, tirándonos al vacío en el malecón de Miraflores.


Aún hoy las bromas siguen y siguen sobre ese episodio. Pero lo cierto es que nuestras reacciones ante las réplicas que siguieron fueron bastante diferenciadas.

La verdad yo no tenía miedo: ni me daba cuenta. En cambio, “A” creó una alarma casera contra sismos que consistía en poner un vaso a medio llenar en una esquina de la ventana, sobre el cemento. Si se movía el líquido, tenía que ser la tierra la que lo movía, pues ni el más duro golpe podía hacer titubear el vaso allí colocado, tal era su razonamiento. Así es como se podía ver al pobre “A” revisando, ante cualquier amago de sismo, la estabilidad del horizonte de su vaso con agua. Aún hoy, cuando pasa el carrito que vende sánguches por nuestro sitio, el movimiento de sus ruedas le hace pararse de su sitio y decir “¡Guarrrda!”.

Creo que mi falta de terror ante los temblores y terremotos (miedo sí, claro, lo normal) se debe a que tengo una teoría muy simple: si es un temblor de 3 ó 4 ó 5 ó 6 grados, no voy a morir; si es un sismo apocalíptico de 8 ó 9 grados, nada me podrá salvar. Es más, si trato de evacuar por las escaleras por un sismo monse de 4 grados puedo terminar en el hospital por asfixia o por un resbalón, así que mi estrategia es quedarme donde estoy, a lo más buscar una columna o una viga y se acabó.

Es ahí que me doy cuenta de cómo las fobias, en este caso a los temblores, son miedos absolutamente irracionales. Yo racionalizo los temblores, su intensidad, su duración, las opciones que tengo. Por eso no les tengo pánico. “A”, su padre, el mío, mi enamorada, mi jefa y tantas otras personas que temen a estos movimientos repentinos no racionalizan nada: solo temen y buscan escapar. Desde ese punto de vista, temerle a una abeja o a un edificio ondulante es lo mismo. Pero, claro, una abeja no destruye y mata todo cuando se “enfurece”, como sí lo hace la tierra (a menos que seas un alérgico absoluto).

Entonces, ¿por qué le tengo terror a cosas (casi) inofensivas y no a eventos que, dado el caso, sí me pueden matar? No lo sé. Quizá, después de todo, mis miedos sí tienen un límite, aunque nunca se sabe cuando podrá nacer una futura fobia: de repente a la próxima sacudida quedo traumado. Solo me queda, pues, respirar aliviado. Al menos hasta el próximo temblor.

viernes 28 de marzo de 2008

Abejas, la amenaza fantasma (Campamento, parte II)

En el campamento que narro en el post anterior, uno de mis compañeros le tenía terror a todo tipo de insectos voladores, temor que este humilde hipocondríaco comparte solo en el caso de las abejas y las avispas, quizá de abejorros. Mi fobia, cuyo nombre científico es apifobia, es bastante fuerte: las abejas (y avispas) me hacen huir como un niño pequeño apenas siento el temible sonido que hacen sus alas.

Esta debe ser mi fobia más antigua y arraigada, recuerdo tenerla desde que era chiquito, aunque nunca me ha picado ninguna abeja o similar. Creo que es precisamente por eso que les tengo miedo: creo que será muy doloroso. Además, la sensación de estar absolutamente indefenso ante un minúsculo bicho volador que tiene en su aguijón la capacidad de propinarme mucho dolor es apabullante. Si un perro te ataca, puedes correr, subirte a un árbol, defenderte y patearlo o esperar a que su dueño lo calme. Pero una abeja es impredecible. Y sus posibles ataques también. Siempre he pensado que son una especie de pequeños fantasmas alados que pueden atacarte sin que puedas hacer nada por evitarlo. Quizá por eso la famosa frase de Muhammad Alí “float like a butterfly, sting like a bee” es tan aplicable al mundo del boxeo. Volar y propinar dolor son dos habilidades que juntas pueden causar mucho daño y miedo.

Este compañero de camping, ya en el último día, nos confesó, pues, que tenía un miedo exagerado a las abejas (todos nos dimos cuenta al ver como corría si una se posaba en su carpa, situación que gracias al cielo no me ocurrió). Pero no solo eso. Le tenía miedo a las avispas, a los abejorros, a las polillas, y también, créanlo, a las mariposas.

“Una vez”, nos contó, “fui a un mariposario en Argentina y tenía que pasar por ahí de todos modos. Las mariposas estaban sueltas y tuve que pasar corriendo”. Su hermana, que había estado en esa bochornosa tarde, confirmó la historia, agregando que no solo había corrido, sino gritado, dando palmazos en el aire, tapándose la cara, con el terrible resultado de más de diez mariposas muertas. Antes de irnos, apareció una gran libélula, de unos 15 centímetros de largo, volando por nuestras carpas en plena mañana soleada. Debo admitirlo: esa libélula era un verdadero fenómeno. Mi asustado amigo se ocultó al interior de un auto. Esto, incluso a mí, un temeroso nato, me sorprende, pues mariposas y libélulas no tienen la poderosa lanza venenosa que sí ostentan abejas y avispas. Parece que el temor no proviene en su caso del veneno, sino de su capacidad de volar.

Por otra parte, mi gran amigo “A”, de quien ya hablé en el post anterior y que seguirá siendo un personaje presente en estas crónicas fóbicas, también sufre un temor parecido. Su miedo se extiende a los toritos, por ejemplo. Una vez que estaba en su casa y un torito apareció me obligó a matarlo. Salió del cuarto en el que estábamos y no pudo estar tranquilo hasta que aparecí con el cuerpecillo del animal destrozado en un papel periódico. En otra ocasión, en la universidad, habíamos estado caminando cerca de la cafetería y un insecto volador enorme, gigante, peludo y patudo, al que mi amigo bautizó como “el bicho madre”, pasó zumbando entre nuestras cabezas y los dos salimos disparados. La gente debe haber pensado que éramos un par de maricones, pero la verdad es que ese bicho, si se hubiera posado en nuestro hombro, hubiera pesado más que un loro o un canario, definitivamente. El apelativo de "bicho madre" no era, para nada, exagerado.




En el campamento, pues, comprobé que había personas con temores mucho más acentuados que el mío. Al menos yo no le tengo miedo a una mariposita, pensé, y me sentí un tanto más aliviado. Otra chica confesó tenerle miedo a los perros porque de chica uno la mordió, otra a las alturas, varios al mar –por eso preferían el campo-, otra a las cucarachas (temor que no comprendo, pues como con la libélula, las cucarachas no pican ni son venenosas, asco tal vez, pero ¿miedo?), y todos, absolutamente todos, y lo comprobé cuando vimos una realmente grande merodeando por ahí, temían a las arañas. Es increíble el temor que generan estos bichos (no son insectos, pues pertenecen al mundo arácnido junto a los ácaros y escorpiones). Tengo varias historias al respecto de las que me encargaré en un próximo post, pero el temor de mis compañeros por las arañas se confirma con solo poner en Google la palabra “fobia”: inmediatamente salen imágenes de arañas. La representación gráfica de la fobia, en nuestra sociedad asustadiza, parece ser, pues, la araña.

Hoy, como ya conté, es Domingo de Resurrección. Estoy en mi casa, libre de las incomodidades de un campamento que, a fin de cuentas, fue bastante divertido. Sobreviví. Me congelé con el frío, sufrí con la lluvia de marzo de la sierra de Lima, maté un par de arañas en mi carpa y estuve un poco nervioso por pululantes abejas que se acercaban de cuando en cuando, pero sobreviví. No necesité usar mis medicamentos, no tener luz y empaparse con la lluvia no fue tan grave y, sobre todo, salí con un ánimo renovado: no solo yo tenía temores por arañas o abejas. Al regresar esta mañana, mi amigo maripofóbico (es lo único que se me ocurre para nombrar este padecimiento) comentó que jamás viviría en el campo. “Tendría que desinfectar el bosque entero, aj”, sentenció. Esa frase, lo juro, me hizo sentir mucho, mucho mejor.