
Ya lo he contado antes: en el imaginario popular, al parecer, la figura de la araña viene a ser algo así como el sinónimo de fobia. Basta con introducir en el buscador de imágenes del Google la palabra fobia para que aparezcan de inmediato arañas junto a rostros asustados. Y es que esos animalitos de ocho patas son temidos por prácticamente todos: ¿qué niño, hombre o mujer no ha temido alguna vez la súbita aparición de una araña negra y peluda en su almohada o saliendo de improviso de su zapato?
La historia (o historias) que voy a relatar a continuación sucedieron hace ya algún tiempo. Pero las he recordado a partir de una pequeña mordedura (ojo, las arañas muerden, como las hormigas, no pican) de araña aparecida hace un par de días en el mismísimo lagrimal de mi ojo derecho. ¿Cómo sé que fue una araña? Creo que ya soy docto en esas lides, y pues la marca es reconocible a leguas: dos puntitos al medio, un pequeño bultito que luego se vuelve costra al poco tiempo (y no, no era una legaña, avisado lector).
Pues el descubrimiento de esta pequeña mordedura que no me causó ningún tipo de fastidio (más allá de la costra) y, lo más importante, ningún tipo de temor sobre sus consecuencias, me ha hecho recordar cómo cambian los tiempos, pues lo que viene a continuación a algunos les generará risa, otros lo comprenderán y los más dirán qué maricón es este compadre, carajo.
Pues bien, hace como un año fui mordido por una pequeña araña casera. Bueno, al menos eso es lo que creo hasta hoy, ya que nunca vi al bicho en cuestión y es, además, lo que creyó el doctor que me revisó cuando fui a verle. “Felizmente parece ser que fue una bebé, una baby spider”, me dijo el médico cuando vio el minúsculo punto rojo que tenía en mi codo. Parece que no se equivocó pues aún tengo una pequeña marca, como una mancha, en mi codo. Aquella vez no pude evitar que viniera a mi memoria mi primer “enfrentamiento” con las dichosas mordeduras de araña. Un episodio que por un lado me da vergüenza, por otro gracia y por otro seria preocupación. Es el que sigue, lector, por favor, no se burle.
La araña mortal y la paranoia
Un par de años antes de aquella mordedura de la baby spider en mi codo y ya hace tres desde mi incidente en el lagrimal, escribí para una revista local un artículo sobre las arañas de rincón, o caseras, también llamadas “arañas violín”, por el dibujillo de una especie de violín que muestran en su “espalda”. Para dicho artículo entrevisté a un especialista en el tema, un medico del Instituto de Enfermedades Tropicales de cuyo nombre, ahora, prefiero no acordarme. Dicho doctor me había enseñado durante la entrevista terroríficas fotos sobre las consecuencias que puede traer la mordedura de la araña de rincón, así como especímenes muertos de estas arañits de patas rechonchas. “Hacen películas de viudas negras y tarantulas, cuando la araña más peligrosa es la araña casera, la loxosceles laeta: el loxoscelismo mata”, me dijo.

¿Mata?, pregunté yo.
“Sí, mata: en tres días nada más, si el veneno se llega a alojar en el riñón por la corriente sanguínea”, respondió.
¿Y si no llega el veneno al riñón?, repregunté.
“Ah, si no llega y no te tratas a tiempo te pasa esto”, respondió el doctor, mostrándome horribles fotografías de mordeduras a hombres, mujeres y niños: grandes montes negros en brazos, oscuras marcas deformes que tornaban un rostro normal en un verdadero hombre elefante, chamuscado por el efecto del veneno.
Contrariado, pregunté cómo saber que es precisamente una araña violín la que atacó si no se ve a la araña sino solo la mordedura y sus fastidios, sabiendo que más del 50% de los casos el paciente NO ve a la araña. Las heridas son de color VIOLÁCEO –me dijo el especialista- Hay que tomar mucha agua y tratarse apenas se pueda con suero antiloxoscélico. Dejar pasar esta situación porque no parece grave es el peor error y lo que te conduce a la TUMBA, puntualizó mi entrevistado.

Debo confesar que desde la escritura de ese artículo, no pude dormir tranquilo. Poco tiempo después, unas dos semanas, cuando vivía con mi buen roommate a quien llamaremos Marcos Logan, amanecí con una pequeña marca roja en el dorso de mi mano: la palabra VIOLÁCEO me vino a la mente enseguida. Me ardía, me escocía, me dolía, me psicoseaba. Llamé a mi amigo y le pregunté qué le parecía. Son huevadas, Petit, me respondió, no hay nada ahí, no seas NIÑA.
Sin embargo, no pude estar tranquilo. Me acordé de las palabras del medico: si no se trata por menospreciar la mordedura puede ser muy tarde. Las palabras cirugía, necrosis del tejido, riñón, hombre elefante, muerte y algunas otras rondaban por mi mente. Lloré. De verdad lloré. Estaba realmente asustado. Llamé al especialista al que había consultado y el muy bribón estaba en Chosica –era domingo- y desde su celular me confirmó lo que temía: no puedo ver la herida, pero no te corras el riesgo, hazte ver, antes de que sea tarde. Solo le faltó decirme “o morirás”.
Al final, gracias al seguro del buen Marcos pude ver a un medico: poco más y se mofa de mí. Con una lupilla examinó mi mancha rojiza, que para nada era violácea para él y me preguntó, sin ambages: ¿tomas drogas? Al ver que no era ese el problema, se rió, me mandó una crema y me hizo firmar. Pero estaba tranquilo, eso era lo importante. La historia pasó a ser, gracias a Marcos, como la historia de “Petit y la araña mortal”.
Trauma superado
Así pues, cuando vi la mancha roja en mi codo tiempo después, me pregunté: ¿pasaré el mismo ridículo? Pero esta vez, ya con la experiencia vivida, si que era violácea la marca. Algunas personas de mi trabajo de aquel entonces dijeron al unísono: ARAÑA. Por ultimo, una chica que de verdad había sido mordida por una loxsceles laeta en la pierna hacía relativamente poco me dijo que mejor fuera al medico, porque a ella le había empezado así.
Me vino a la memoria el cuento La migala, del mexicano Juan José Arreola, donde una araña de presencia fantasmal tortura al protagonista en su departamento todas las noches. Finalmente, fui al médico, pero sin temor. Se demoraron una hora en atenderme y a medida que pasaba el tiempo la “mordedura” se volvía más pequeña, ardía igual, tenía toda la pinta de araña, pero era cada vez más insignificante y para nada violácea ya, y me hacía sentir cada vez más cerca a las puertas del ridículo. Otra vez. Tanta era mi vergüenza que rasqué sin parar el área afectada del codo por un buen rato para que luciera un poquitín más roja, al menos.

Al final, como ya conté, el médico casi que me confirmó que era una araña, una pequeña bebé, cuya mordedura, con una pastilla durante 5 días no generaría consecuencias más que la manchita que tengo hasta hoy en el codo. Pero el miedo desapareció. Por eso, hace dos días que amanecí con esa mordedurita en mi lagrimal no me importó y pensé: si se pone roja de verdad me trato, si no, pues no. Pero siempre en mi cabeza con la idea de más vale prevenir que lamentar, como decía la abuela de alguien. La mía no.


















Cuando el sarpullido empezó a extenderse por el cuello fui corriendo donde la doctora Capulina de los posts anteriores que, aquella vez sí, acertó en el diagnóstico (más evidente no podía ser) y con un buen clorotimetón me sacó del apuro. Pero me sentí un poco desolado, no conocía a nadie que fuera alérgico a la pota ni mucho menos al aguaymanto…
Este último sábado, Lima vivió un par de temblores bastante moviditos. Uno en la madrugada, a la 1.40am, y otro, bastante más fuerte, un par de horas después del amanecer, a las 7.53am. Ver la reacción de las personas que me rodearon, de lejos o de cerca, en estos dos sustos telúricos me ha llevado a tocar un tema que antes o después iba a ser abordado en esta bitácora: la preocupación, nerviosismo, temor e incluso terror a los temblores y, cómo no, ante la posibilidad de que el puntaje en la
Y es que lo reconozco: tener miedo porque la tierra se mueve, es decir, a que algo que es absolutamente fijo e inamovible (salvo el uso de explosivos, por ejemplo) empiece, de la nada, a moverse, a ondular, a subir y a bajar, es perfectamente comprensible. Que la tierra se mueva es motivo suficiente para que cualquier persona con dos dedos de frente se asuste. A mí, por supuesto, me pasa. Cuando hay un temblor fuerte, como el de este sábado, me asusto, pero, por lo general, en esos temblorcillos de corta duración y poca intensidad, esos que mueven constantemente, por ejemplo, a Ica y a Arequipa, no suelo perder la calma ni asustarme más de lo normal. Sé que un temblor de 3 ó 4 grados no me va a matar, así que ni siquiera intento evacuar –¿para qué?-, mientras los que me rodean se paran alarmados o salen disparados.
Esa tarde-noche me demoré media hora en llegar a pie a la oficina miraflorina de mi enamorada, subir los siete pisos y comprobar que ya no estaba ahí. Luego, dos horas para encontrar un taxi disponible para llegar a Magdalena, a su casa. Llegué pálido y mi “suegro” estaba de lo más campante. Su hija no llegaba, pero “ya llegaría”. Yo estaba desesperado, verde, henchido de miedo, no por lo que acababa de vivir, sino por la imposibilidad de saber si mi novia estaba del todo bien, sabiendo que su mayor terror son los temblores. Al final, cuando las líneas se calmaron, ella llamó: estaba en mi casa con mi madre, nos habíamos cruzado.


